miércoles, 4 de abril de 2012

Enseñanza

Y sin embargo, aún te quiero...
No eres al príncipe que figuraba en mis cuentos,
ni el hombre que se suponía vendría a salvarme..
No lo eres, eres más un simple humano que se
deja vencer por sus vicios y debilidades...
Ves en mí el soporte que YO esperaba de ti,
¡valiente camarada!
A duras penas lo lograste,
¿cómo no iba a quererte
si te ganabas mi corazón trozo a trozo,
como el dulce que me dabas así, igual:
pedazo a pedazo?...
En fin, resulté ser la más necia de tus alumnas,
pues no cedía a las lecciones que me dabas:
yo te quería, mucho, 
¿Cómo odiarte
cuando en realidad -y sin querer- te amaba?
Bueno, he ahí la dura tarea del educador, de nunca rendirse:
hoy, por fin, te odio, te aborrezco, 
no entiendo cómo querer a alguien que te detesta es posible, aún en el
más absurdo de los masoquismos...
A duras penas lo logré. A duras penas lo hice;
ya no quiero saber más de ti, aunque en el fondo quiera correr
a tus brazos, no lo haré.
Sí, aprendí a odiarte, pero nunca me enseñaste
cómo dejar de quererte...

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