Entre cerros, la niebla que no dejaba rastro de nuestras huellas y el rumor del viento gélido, preámbulo de lluvia, te volví a ver.
Años tras tu partida, uno pensaría que el recuerdo se desdibuja poco a poco de mi mente, pero no.
De vez en cuando me visitas, me sonríes; anoche lo hiciste.
Supe que eras tú, tu silueta te delataba al mismo tiempo que la cadencia inequívoca de tu andar me gritaba tu nombre a pesar de tener nublada la visión.
Te abracé, me devolviste el abrazo; cuidé que nadie nos viera, pues es obvio:
cuando un muerto vuelve de las sombras a saludar a quien amó, los vivos lo asustan con su errática lógica.
Gracias, una vez más, por aquel abrazo.
Ojalá que tus visitas sean siempre tan apacibles como hasta ahora, pues bien sabes que le temo incluso a mi respirar.
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